Sobrelleva un caminar demasiado triste, poeta en alquiler o venta de complicadas y arraigadas raices. Noctámbulo, alcohólico de resaca permanente con tendencia suicida se ofrece para rehabilitación inmediata, pues la pérdida de la noción y las constantes modificaciones en su percepción han hecho de este hombre un oscuro ser que guarda su interior en una esfera de plomo de tamaño reducido. Ayer salió, hoy arrastra condena. Quiso demostrar algo durante una larga noche pero el rechazo reposa en su regazo y la desesperanza recorre sus venas. Perdió la ética, cercanos asienten cuando el problema va en boca de tantos y nada de nada, desmienten. Quiso ser libre cerrando puertas, tirando monedas en pozos, charcas de vómito, charcos, fuentes, siempre en vano porque los deseos no se cumplen. La satisfacción la pasó por alto, recuerda aquellas oportunidades que pasaron como un tren de alta velocidad o una sonrisa inocente, sin maldad. Pero por Dios, que alguien le de el pésame, que alguien se pare a escuchar activamente cada palabra que emite, las que se pueden escuchar y las que se pueden leer. Pero, ¿Cuánto vale la palabra de un borracho? La palabra de un borracho no vale nada, la gente se cansó. Escribe y plasma, dibujos de un decrépito amigo que ni siente ni ama, la nicotina impregna las paredes de la habitación y la ginebra en el suelo se evapora formando en el ambiente formas de colores para el insconciente visaje que yace en el suelo víctima de un delirium tremens. Quiso salir, volver a refugiarse, salir, refugiarse, salir, refugiarse. El alcohol no es la solución sino disolución consecuente. Paranoias, arcadas, límites, pensamientos, barreras, conceptos, emociones, sudores, no sé, algo indescriptible, algo enmarañado como una tormenta de palabras. Ya no sabe que es que, ni porque está aqui. Se marca un objetivo y se lo bebe de trago, no sabe improvisar, no sabe que la vida es bella que el mundo es azul y que la balanza se calibra por sí sola.